Un reino golfo

España es diferente

De nuevo un rey borbón es noticia en el mundo por golfo, haciendo una aportación más a esa larga saga que en nuestra peculiar era contemporánea estrenó, a principios del siglo diecinueve, Fernando VII, el felón. La sórdida trayectoria de este personaje ha sido escondida a la mayoría de españoles en los rincones más oscuros de la historia oficial y su hija y sucesora en el trono, Isabel II, tampoco fue un ejemplo de virtudes. El accidentado reinado de esta última hundió aún más el valor interno y externo de España y pese a sus muchos méritos para ganarse un mote de contenido político el machismo imperante le adjudicó el de, la reina puta, utilizado incluso por su propio nieto Alfonso XIII, el chulo (1), especialmente injusto en su boca, teniendo en cuenta que los borbones se han ganado a pulso la fama de obsesos y golfos, algo que el actual rey emérito Juan Carlos I, el campechano, sucesor y nieto de el chulo ha revalidado con muy buena nota. Esta obsesión por el sexo podría no tener mucha importancia si se limitase a la vida íntima y familiar, pero desgraciadamente también va acompañada de otra golfería mucho más grave para la ciudadanía española: la corrupción. Resulta bochornoso que los españoles nos tengamos que enterar por los medios informativos extranjeros de que el rey ha regalado 65 millones de euros a una amiga o de que los juzgados suizos investigan a don Juan Carlos por sus trapicheos financieros. Mientras, aquí en España, la mayoría de los medios y los poderes políticos, jurídicos, económicos y religiosos lo ocultan. Solo lo sacan a la luz cuando la evidencia los obliga, pero minimizándolo y quitándole importancia. Una vez más, España es diferente.

El modelo monárquico es arcaico y testimonial; solo perdura en 44 de los 196 países del mundo y en Europa es más que nada un objeto ostentoso y decorativo, un lujo simbólico de países ricos. Por otro lado, la peculiar monarquía española actual no deja de ser un engendro jurídico y dinástico. En 1947, ante la nueva Ley de Sucesión dictada por Franco, su cuñadísimo Serrano Súñer declaró que un señor que no es rey nombre sucesor a título de rey, es una de las cosas más absurdas que han podido escribirse en el Derecho Público del mundo. Y es que efectivamente, con aquella ley un dictador se reservó el derecho de nombrar rey de España a quién y cuando él quiso.

Como ya hicieran sus parientes Carlos IV y Fernando VII bajo la tutela napoleónica, los últimos borbones bajo la tutela del franquismo se enzarzaron en otra pelea familiar por conseguir el favor de Franco, con enfrentamientos entre padre e hijo, hermanos y primos. Al final, en 1969 el dictador se decantó por Juan Carlos, que supo disimular o reprimir mejor sus instintos y su boca que el otro finalista al trono, su primo Alfonso Borbón Dampierre. Este último, a pesar de estar dispuesto a convertirse en nieto político del dictador, resultó demasiado indisciplinado, descarado y bocazas. Pero estos enredos cortesanos, siendo atractivos para la literatura, no tienen mucho interés para la vida de la mayoría de la población y solo representan la decadente mediocridad de la monarquía como institución.  Lo que si afecta y lastra a un país que se llama reino es que su pueblo acepte ese papel de súbdito, que renuncie a su soberanía, a su capacidad de decidir sobre los asuntos importantes que le afectan como comunidad.

Por mucho que una monarquía se diga constitucional, no deja de ser el residuo de un obsoleto poder patriarcal que reconoce la superioridad de un individuo y sus descendientes para gobernar un país. El hecho de que ese poder personal y familiar se pueda recortar en parte, no evita que cultural e ideológicamente influya en una conciencia sumisa a una jerarquía irracional. Esa conciencia sumisa existe desde siempre en una parte de la población española; su resistencia a desaparecer se debe en buena medida a la escasa influencia de la Ilustración revolucionaria en la historia de España. El reino no los constituyen solo los reyes y su familia; el reino es un modelo cortesano de sociedad regida por castas que, como es lógico, cuidan de su beneficio exclusivo(2); es el reino de las oligarquías que, pese a escudarse en simbologías nacionalistas,  cambian fácilmente de fidelidades y banderas según les interese y consiguen que sus negocios y dineros desborden las fronteras. Lo que sí suele permanecer es la mentalidad de súbditos ante cualquier poder jerárquico superior, incluso foráneo, como quedó patente en las impactantes imágenes del ministro Josep Piqué a la llegada del presidente de EEUU, George Bush en 2001. Nada más pisar terreno español, el ministro le dedicó reverencias con cabezazos palaciegos, un reconocimiento propio del súbdito a su emperador. Este espectáculo se repitió con el entusiasta saludo de la Corte al completo al paso de la bandera de EEUU en el desfile de la Fiesta Nacional del 12 de octubre de 2003, permaneciendo sentado solamente el que luego sería presidente Rodríguez Zapatero. Igual de vergonzoso pero con consecuencias mucho más graves fue la entrega del Sáhara a Hasan II, rey de Marruecos, con que se estrenó Juan Carlos I como Jefe de Estado en 1975. Para el Imperio, tanto las monarquías como las dictaduras son regímenes ideales para poder manejar como marionetas(3).

Nuestros vecinos de Portugal, en circunstancias casi iguales y paralelas en el tiempo a las españolas, se deshicieron de su dictadura para constituirse como república. Esta transición la hicieron sin problemas y dentro de la normalidad de los Estados modernos que, como repúblicas, representan el 75% de los países. La forma de estado republicano no garantiza solo por llamarse así unas grandes virtudes de forma automática, pero si es un requisito indispensable para superar los vicios y afrontar los cambios que España necesita. Por el contrario, el régimen monárquico, por su propia naturaleza, no puede nunca ser democrático, pues tenderá siempre a mantener su modelo aristocrático, agudizando la desigualdad. Cuando Felipe VI dice en sus discursos que todos somos iguales ante la ley, él sabe igual que todos los ciudadanos que eso no es cierto. El es rey solo por ser hijo de Juan Carlos I, que a su vez fue nombrado rey por un dictador, no por haber ganado el título en unas oposiciones o elecciones democráticas. También sabemos que con ese cargo goza, entre otros privilegios, de impunidad ante la ley(4). Además, la singular monarquía española, más cercana a las africanas que a las europeas, arrastra un largo y pesado cortejo de intereses, unidos algunos por lazos de sangre; otros, los más, por compartir negocios, todos ellos vinculados e inevitablemente contaminados por la corrupción.

España necesita deshacerse del viejo lastre que la hace negativamente diferente a nuestros vecinos europeos. En primer lugar la aceptada cultura de la corrupción; después la sumisión caciquil, el individualismo social, la extrema desigualdad… La mejor forma de que España entre de una vez en la era contemporánea, es constituyéndose como una república democrática y transparente, donde el pueblo soberano, con plena libertad política, elija y controle todas las magistraturas del poder estatal.

(1)  Además de compartir con ciertos generales golpes de estado y farras golfas, Alfonso XIII también lo hacía con el cuartelero lenguaje chulesco y fanfarrón: refiriéndose al autor de un libro de historia: más valía que Villarrubia se ocupará de la puta de su mujer y dejar en paz a la puta de mi abuela;directamente a José Antonio Primo de Rivera: vaya suerte que ha tenido el cochino de tu padre;  animando al sangriento desastre de Annual con el siguiente telegrama al general Silvestre: olé tus cojones;tras ser aniquilados y al pedir el líder rifeño Abd El Krim, 5 millones de pesetas por el rescate de los únicos 1.500 supervivientes, de los más de 13.000 expedicionarios, exclamó: ¡caray, qué cara va la carne de gallina!

(2)  La monarquía medra en espacios exclusivos, clubs de lujo donde relacionarse entre socios afines; Jaime De la Rosa, Manuel Prado y Colón de Carvajal, la princesa Corinna, Mohamed Eyad Kayali, las casas reales de Arabia Saudí y Marruecos, entre otras amistades de Juan Carlos I. También destaca la relación de los actuales reyes Felipe VI y Letizia con la familia Villar-Mir, en especial con su compiyogui, Javier López Madrid, implicado en los casos tarjetas black de Bankia, Lezo y Púnica.

(3)  Estados Unidos como potencia hegemónica tiene 766 bases militares estratégicamente situadas en todo el mundo e influye en la mayoría de países; la mejor forma de controlarlos es con estados débiles y a ser posible bajo regímenes personalistas, marionetas fáciles de manejar, sustituir e incluso eliminar como ocurrió con Dinh Diem en Vietnam, ó Noriega en Panamá.

(4)  Según la Constitución la persona del rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad.La generosa interpretación de esta ¿ley? impide investigar numerosos casos de corrupción en los que aparece la figura de Juan Carlos I: expropiación de Rumasa 1981, Javier de la Rosa 1995 y más recientemente las declaraciones de Corinna Sayn-Wiltgenstein. En la práctica esa impunidad se extiende más allá del reinado y a la familia directa, como ocurrió a la princesa Cristina en el caso Nóos.

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